FUENTE: Levante EMV

Cuando cae el sol sobre la Sierra Maestra cubana todo parece detenerse. El camino de vuelta a la ciudad de Santiago de Cuba es tranquilo. De los pocos vehículos de motor que circulan durante el día ya no queda ninguno y solo se ve gente caminando por la carretera o en mula. Huele a leña. Las familias empiezan a cocinar la cena antes de que la noche lo inunde todo y el apagón sea total.

Vivir en el campo cubano es casi un oasis del mundo. Las casas surgen como de la tierra, como un cultivo más, en distintos niveles de las laderas montañosas repletas de plantaciones de café que se entrecruzan con ríos de agua fría donde por las tardes la gente se baña con ropa. Un agua que se sirve para beber, cocinar, ducharse. Vivir en el campo cubano es casi un oasis, pero la falta de combustible y los apagones continuos se sienten en el día a día de toda familia cubana.

El campesinado, con cerca de 28.000 agricultores y agricultoras solo en la provincia de Santiago de Cuba (el 25 % de la población nacional vive en zonas rurales), no escapa a las limitaciones de un país en una crisis económica, social y energética profunda bajo la sombra del enorme bloqueo estadounidense que se agravó a principios de año y asfixia a miles de personas en la isla cada día. Es un sector que ingenia alternativas para seguir produciendo alimentos pese a las dificultades y paliar el hambre que se sufre en una isla asediada y sin prácticamente recursos.

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